Sobre el lenguaje y la fidelidad al siglo XVIII
- José de la Gándara

- 20 may 2025
- 1 Min. de lectura
Actualizado: 23 oct 2025

Uno de los desafíos más significativos al escribir una novela ambientada en el siglo XVIII es alcanzar un equilibrio entre rigor histórico y legibilidad contemporánea. El lenguaje no es solo un medio de expresión: es una ventana al pensamiento, a las jerarquías, a la moral y a las costumbres de una época. En ese sentido, escribir diálogos, escenas o descripciones que se sientan verosímiles para un lector actual, sin traicionar el espíritu del siglo, supone caminar por una cuerda tensa.
La fidelidad al habla del XVIII no puede consistir en una mera acumulación de arcaísmos, giros anticuados o fórmulas muertas. Sería ilegible. Tampoco puede limitarse a un decorado superficial que apenas sugiera una atmósfera de época. Requiere una inmersión profunda en los usos, los ritmos y los silencios de entonces; una atención constante a lo que se decía… y a lo que no se podía decir.
En esta novela, cada palabra ha sido medida no solo por su sentido, sino por su textura. Las formas de tratamiento, las injurias marineras, las fórmulas diplomáticas, las plegarias, las amenazas y los silencios obedecen a una lógica de época, fruto de una investigación constante con el fin de no caer en anacronismos evidentes para el lector. Y, sin embargo, quien se adentre en sus páginas no se encontrará con una lengua muerta, sino con un idioma vivo, respirado desde dentro, que respeta el oído actual sin renunciar a la verosimilitud histórica.
Porque si la ficción histórica tiene alguna legitimidad, es precisamente la de hacer presente un mundo perdido, en el que el lector puede sumergirse. Y para ello, el lenguaje es el primer puente.

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